EL PÙEBLO DE LOS HOMBRES BELLOS 6

El joven Patxi colocó uno de sus dedos en forma de gancho y tensó la goma de mi slip blanco, haciendo que la gorda cabeza de mi polla asomara por allí, liberada.

—¡Joder! —musitó el chaval, y tiró más del calzoncillo para dejar todo el tronco de mi nabo al descubierto—. ¡Es grande!

—Sí —contesté humedeciéndome los labios.

Entonces descubrí, y en parte paladee, las intenciones del adolescente, que bajó su cabeza aún más y capturó mi capullo entre sus deliciosos labios, mientras yo me encontraba torpe en mi reacción.

—Nooooo —grité para disuadirle, empujándole por la frente de la cabeza para que no me chupara el cipote—. No, Patxi. Espera. —El chico levantó el rostro y me miró confundido—. Espera —repetí, intentando ganar tiempo y recuperar el aliento.

—¿He hecho algo que no…?

—Calla, anda —le tomé por la barbilla, obligándole a subir hacia arriba. Nuestras bocas quedaron a un palmo la una de la otra. Le di un pequeño pico en los labios—. No pasa nada. Es sólo que no quiero que lo hagas… Aunque…

—¿Aunque? —seguía él sin entender.

—Aunque me encantaría que lo hicieses —sonreí. Él estaba aún más turbado. Cogí la camiseta del pijama y se la quité, dejando su varonil pecho al aire. Tenía unos buenos pectorales marcados para su edad, cubiertos por un fino y oscuro vello en consonancia con su moreno tono de piel—. Pero vamos a hacer las cosas bien.

—Claro —aceptó él contento. Le toqué de nuevo la frente y vi que la fiebre le había bajado bastante—. Me encuentro bien —aseguró el muchacho.

—Vale. Entonces quítate el pantalón del pijama.

—¿Me desnudo? —preguntó, a lo que yo asentí.

Sin más, se separó de mí, me miró sin vergüenza alguna y tiró hacia abajo del pantalón, quedando con unos slips grises de algodón que enmarcaban un voluptuoso paquete entre aquellos muslos tremendamente peludos y morenos. Tenía muy buenas piernas el cabrón. Mientras él se deshacía del pantalón yo acabé de desnudarme, quitándome el calzoncillo del todo. El chico se fijó en mis gordas pelotas cubiertas por un aseado vello púbico con briznas doradas.

—¡Qué gordos!

—Son normales —expliqué.

—Pues yo los veo enormes.

—Ven aquí, anda —le arrastré hacia mí, tomándole por las caderas—. Le hice que pegase su caliente piel a la mía, lo que pareció electrificarle, pues soltó un ahogado gemido. Agarré su calzoncillo y se lo bajé de un tirón, cosa que le sorprendió. Sobé su redondo y adolescente trasero y esto le provocó nuevos gemidos. Observé que los cachetes de su culo estaban más blanquitos respecto al resto del cuerpo, pero igual de cubiertos de vello—. Eres muy peludín —comenté cariñoso. Él levantó la cara y sonrió.

—Sí —y buscó mi boca para besarme, sólo que le detuve con dos dedos.

—Espera.

—¿Qué? —volvió a cambiar su gesto por el de la incomprensión.

—¿Qué hay de tu novia? —pregunté a bocajarro.

—¿Qué hay de mi novia? —se quedó pensativo—. No lo sé… yo…

—¿Desde cuándo?

—¿Desde cuándo qué? —volvió a repetir como un loro.

—¿Desde cuándo tienes dudas sobre esto?

—¿Sobre esto? ¿Sobre ti? ¿Sobre qué? —se separó de mí con fastidio. Se quedó sentado sobre la cama, con la mirada fija en las sábanas.

—A ver, Patxi. No me malentiendas —dije, estirando mi brazo y tomándole por la barbilla para obligarle a mirarme, cosa que hizo—. Eres bello como pocos y me encantas, pero si hago algo contigo tu vida cambiará más de lo que te imaginas. Esto no es sexo y punto. Esto es un comienzo y yo… yo no soy un cabrón que busca confundir más o resolver dudas. En tu caso será confundirte más con nuevas dudas.

—Pero yo… —fue a replicar.

—Déjame acabar, anda —le pedí, rozando con mis dedos su mejilla—. Yo también tenía novia y muchos de mis amigos la tenían, mis colegas eran unos capullos y no entendían nada de esto. Estaba en el mismo punto que tú y con quien descubrí esto fue alguien mágico que también lo estaba descubriendo. Juntos. A la vez. Y ahora, aquí, yo te saco mucha ventaja y podríamos pasar una noche de sexo inolvidable. Y te cuidaría, te abrazaría y todo eso que me has dicho. Pero… no estaría bien.

—Ya, pero… —respondió apenado.

—Esta tarde, cuando has visto que soy gay se te ha abierto el cielo, ¿verdad?

—Pues… un poco. Pensé que así…

—Es normal. A mí también me pasaba. Era conocer o intuir a alguien que era homosexual y saltar todas mis alarmas —el chico sonrió—. Lo más sensato es que lo dejemos aquí. Unos besos, unas caricias, tú desnudo, yo desnudo… Por cierto —dije de repente, siendo consciente de lo que tenía delante—. ¡Luego dices de mi polla, pero es que la tuya…!

Patxi sonrió con amplitud, tocándose aquel cimbel de unos 16 cm, arqueado hacia arriba, circuncidado y con un rosado capullo apuntando a lo más alto. La tenía delgadita y muy morena. Deliciosa.

—¿Qué? —me animó a continuar.

—Que es una pena que no me la pueda meter hasta lo más hondo de la garganta —comenté como un cabrón en celo, inclinándome hacia él, rozándosela con mis dedos y recogiendo unas gotitas de líquido preseminal que después me llevé a la boca para degustarlas. Estaban exquisitas, muy saladas. Después le di un sonoro beso en la mejilla, dejándole con cara de tonto—. Quizás algún día —dejé caer.

—Eso espero —soltó él, excitado por lo que acaba de hacer—. Acabas de chupar mi presemen…

—Sí —dije orgulloso—. Y, eh, supongo que no dirás que no a dormir así conmigo. Aunque tenga un poco de malo… pues no sé… ¿Qué me dices?

—Me encantaría dormir contigo, así, desnudos.

—Perfecto —dije, haciéndole un gesto para que se metiera bajo las sábanas, a mi lado. Así lo hizo y en seguida pegó su cuerpo al mío, ambos con las pollas duras a más no poder, pero procurando ignorarlas y sobreponernos a los bajos instintos. Sobre todo yo, que tenía que actuar con sensatez, pues ya soy un tío adulto, hecho y derecho, y no un adolescente preso de sus hormonas. Sabía lo que me estaba perdiendo en ese momento, pero era mejor esperar y cultivar los frutos hasta que estuvieran maduros y preparados. Ya habría tiempo de reencontrar a Patxi en otro momento.

 

Cuando desperté a la mañana siguiente con el ruido del despertador sentí no haber dormido tanto como debiera, pero pronto se me pasó el cansancio, en realidad nada más ver como Patxi, con la cara hinchada de dormir, abría los ojillos remolón, me miraba aturdido y me dedicaba una fabulosa sonrisa a la par que me echaba por encima del pecho su brazo y se acercaba a mí.

—Buenos días —le saludé, acariciándole la espalda.

—Buenos días —contestó con una voz cavernosa.

—Hoy es el día de tu examen, así que lo mejor será ponernos en marcha.

—Gracias —dijo sin venir a cuento.

—¿Gracias por qué?

—Gracias por todo. Por lo de anoche especialmente —respondió.

—De nada, Patxi. De nada —repetí, dándole un beso en la sien.

 

El resto de la semana pensé mucho en aquel chaval, a pesar de que anduve muy ocupado. Pero tiempo de hacerme alguna que otra paja fantaseando con él si que tuve. El jueves, que por fin pude salir del departamento a una hora decente, me llamó mi hermano Manu para ver si podíamos queda a comer. Y es que parecía mentira que viviésemos tan cerca y nos viéramos tan poco, pero yo solía pasarme todo el día trabajando y él estudiando.

A eso de las 14 le recogí con el coche y fuimos a mi casa, en donde prepararía cualquier cosa rápida. Al entrar y sentarse en el asiento del copiloto, dejó la mochila a sus pies y se inclinó a darme un beso en la mejilla antes de ponerse el cinturón. Una bocanada de aroma a colonia tras unas cuantas horas sobre la piel entró por mi nariz. Tenía un regusto fresco y dulzón que me alegró los sentidos. Olía realmente bien.

—¡Qué bien hueles! —comenté.

—¿Sí? —se olió a su mismo—. Pues es la colonia que me regalaste para navidades.

—¡Vaya! Por eso me gusta tanto —me sonreí.

—Pues habértela comprado para ti y haberme regalado algo… uhmmm… —dudó— más original.

—¿Más original? ¿Cómo qué?

—Pues como un juego para la play.

Arqueé una ceja y le miré de soslayo mientras conducía hacia mi calle. Su voz, sus gestos, su presencia. Mi enano se había convertido en todo un grandullón, y lo que le quedaba aún. Y es que tanto para mi hermana Claudia como para mí, mi hermano Manu era nuestra debilidad. Cuando mi madre se marchó con otro hombre y nos abandonó despreocupadamente todos nos quedamos rotos, mi padre, mi hermana y yo, pero sobre todo el pequeño Manu. Pero ahora era un hombretón. Era más alto que yo, también más delgado y desgarbado, con aquella melenita tan pija que se estaba dejando, con el flequillo cayéndole sobre la frente. Era un payasete, siempre diciendo tonterías.

Llegamos a mi casa, subimos y… Y dicen que el hombro es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. En efecto. Mi hermano entró al salón y se encontró con mis kleenex con corrida reseca, mis revistas porno esparcidas por la mesita baja y varias carátulas de DVD abiertas.

—¡Mierda! ¡Ahora mismo lo recojo! —dije soltando mi bolsa en el suelo y guardando aquello a toda prisa.

—¡Qué cerdo eres! Creo que no quiero comer en esa mesa.

—Ahora la limpio —hablé.

—Da igual. Sigo teniendo la imagen de tus pañuelos de papel llenos de corrida clavada en mi cerebro —bromeó Manu.

—Cállate —le pegué un golpecito en el brazo. Ya estaba todo en su sitio—. ¿Qué vas a querer de comer?

—¿Canelones con Bechamel? ¿Dulce de leche? ¿Ensalada con salsa de yogurt? ¿Espaguetis a la carbonara? —continuó con su broma, recordando en todo momento el semen que impregnaba aquellos kleenex.

—Te he dicho que te calles —repetí divertido—. Seguro que tú también te dejas por ahí papeles llenos de lefazo.

—Sí. Me los guardo en el bolsillo para luego limpiarme los mocos —soltó muerto de risa.

No pude evitar empujarle contra el sofá, en donde cayó y empecé a hacerle cosquillas y a luchar mientras me rogaba que parara porque si no iba a morir de asfixia.

—¡Para! ¡Para que me muero! —imploraba.

—Pues no bromees más con esas cosas —finiquité—. Ahora mismo voy a hacer unos filetes con ensalada y vas que chutas.

—Perfecto —dijo él recuperando el aliento.

Fui a levantarme, pero Manu tiró de mi codo hacia él, me rodeó con sus brazos y mientras me abrazaba me dio un pequeño mordisco en la mejillas, llenándomela de sus babas.

—Cabroncente, no me muerdas —le revolví el pelo.

—Yo me quedo aquí viendo la tele mientras me cocinas —dijo.

—Vale —acepté, yendo a la cocina para preparar la comida.

Estaba concentrado en mi labor y no sé cuanto tiempo había pasado, pero ya casi tenía la ensalada hecha y los filetes pasados por la plancha. Entonces, unos roncos gemidos y un fuerte sonido a acústica, como la nieve del televisor, sonaron a todo meter en el salón. Es más, creía haber estado oyéndolo hacia un rato, pero ni me había percatado. Rápidamente fui al salón y flipé al ver a mi hermano con el mandó apuntando a la televisión y en ésta una escena bastante familiar y bastante tórrida.

—¡Cómo se lo pasa Alfonso! ¡Joder! —chilló mi hermano, aplaudiendo la estelar actuación de mi mejor amigo en aquella cinta de porno casero.

—¡Quita eso! —le dije.

—¡No! —se negó mi hermano alucinado—. ¿Pero tú has visto como se lo está follando ese moro? Le van a romper el culo.

—Manuel, que quites eso, por favor —le pedí en tono paciente.

—¿Por qué? ¡Es divertido! —decía muerto de risa.

—No es divertido, es privado —rebatí.

—Claro, por eso lo tienes tú. Eso… —cayó mi hermano en la cuenta—. ¿Por qué tienes tú esta cinta?

—Pues porque Alfonso es mi mejor amigo y me manda sus películas para que vea lo bien que se lo pasa en Bruselas —expliqué abiertamente—. Y ahora quítala, por favor. Y ni una palabra de esto a nadie.

—Pero yo quiero verla, chache —insistió mi hermano con tono de fastidio.

—Y yo no quiero que la veas —continué en mis trece—. No quiero que veas este tipo de películas. Y menos en mi casa —intenté explicarle mis razones.

—¿Tú puedes verlas y yo no?

—Exacto.

—¿Por qué? —preguntó Manuel testarudo.

—Muy sencillo —aseguré—. Porque yo soy gay y tú no lo eres, por eso me parecería estupendo que vieras películas heteros en tu intimidad y no en mi casa y a la hora de comer.

—Pues déjamela y la veo en casa.

—Esa película no puede salir de aquí —señalé—. ¿Y no has oído lo que te acabo de decir? —me puse en plan padre echando la charla.

—Pero yo puedo ver las películas que me den la gana.

—No, gays no puedes —dije.

—¿Por qué? —preguntó Manu desafiándome.

—Pues porque tú no eres gay.

—Pero puedo verla si me da la gana. Además, a lo mejor sí lo soy —Mi cara de mosqueo era un poema al oír a él decir eso—. Vale, no lo soy. Pero es que me parece tan fuerte lo de Alfonso. ¿Tú has visto como folla? ¿Y encima les grita en todos los idiomas que se la metan hasta el fondo? ¡Pero si tienen unas pollas increíbles!

Manuel flipaba mientras decía esto totalmente emocionado. No me quedó más remedio que robarle el mando y apagar la tele.

—La comida está preparada. Pon la mesa anda.

—¡Jooder! ¡Eres un aguafiestas, Luisfo! —se quejó, pero obedeció y me siguió hasta la cocina para ayudarme—. No sabía que Alfonso fuera así… Me refiero a que… Se le ve tan tímido…

—Eso es porque no le conoces —sonreí, removiendo la ensalada recién aliñada mientras mi hermano sacaba los cubiertos del cajón.

—¿Y tú? ¿Cómo de íntimamente le conoces? —preguntó medio en broma, medio en serio. Yo le miré con unos ojos extraños.

—Le conozco muy íntimamente —declaré—. Es mi mejor amigo.

—¿Habéis follado? —continuó.

—Manuel —le nombré para decirle que no siguiera por ahí—. Eso es mi vida privada. Yo no te pregunto con quién te acuestas.

—¿Yo? Con nadie —soltó rápidamente.

—Sí, claro —dije tomando la ensalada y llevándola al salón. Mi hermano me acompañó—. Seguro que con esa cara de cabroncete que tienes ya te has llevado a alguna al huerto.

—¿Si te lo cuento me dejarás ver esa película? —intentó negociar, lo que me hizo gracia. Así que mi hermanito se había estrenado. Eso tenía que saberlo yo, con pelos y detalles.

—Pero me lo cuentas todo, todo, cabrón, que te lo tenías bien guardado —le dije.

—Trato hecho. Pero me dejarás ver la película de principio a fin, eh —demandó.

—Manuel, esa cinta dura cuatro horas…

—Da igual. Yo esta tarde no tengo nada que hacer —sonrió contento.

 

Pues las confesiones de mi hermano tampoco fueron para tanto. Una mamada en las gradas del campo de fútbol a mediados de verano y poco más. Pero me hizo mucha gracia y me enterneció que lo contara con tanta pasión. La verdad es que mi hermano apuntaba maneras y en poco sería un latin lover. Según él, había una chica de su clase muy interesado en él y en los últimos fines de semana se había dado un acercamiento.

Tras esto, me tocaba cumplir mi parte del trato y enseñarle la película casera que se había grabado mi amigo Alfonso. El muy puto era un vicioso de mucho cuidado y le encantaba exhibirnos tanto a mí como a Saul sus buenas orgías y polvos. Por eso lo grababa en vídeo. Y nosotros encantados, porque así teníamos películas porno gratis de lo más excitantes. 100% naturales. El caso es que no me hacía gracia que Manu lo viera, pero bueno, se había empeñado. Seguramente la viera un poco y en seguida se cansaría de ver a Alfonso haciendo posturas, guarradas y peripecias.

Nos sentamos en el sofá con unos cafés sobre la mesa baja. Encendí el DVD y allí apareció Alfonso, charlando amigablemente con aquellos tres moros, sentados en una especie de cojines enormes y muy mullidos. Hablaba con los tipos en francés y entre ellos se pasaban la videocámara para grabarse. Pronto, además de apuntarse a la cara, los tipos comenzaron a grabarse los paquetes, los cuales se tocaban por encima del pantalón. Los tres moros vestían chándal, calcetines blancos a la vista y deportivas. Entre ellos eran bastante diferentes y cada uno a su manera estaba cañón. Primero había uno enorme, como si fuera un portero de discoteca, con el pelo algo largo y engominado hacia atrás, así como unas patillas y unas perillas muy cuidadas. Se le notaba cachas o al menos con un volumen muscular importante. Después había otro muy delgado y espigado, con el pelo rapado, enormes aros dorados colgando de sus orejas y una boca de labios carnosos. El último tenía el pelo rizado y algo largo, con la raya en medio, y era más pequeño en tamaño que los anteriores, pero se le notaba mazado, pues llevaba una camisa azul sin mangas y mostraba unos bíceps bien ejercitados. Parecían los típicos moros de pandilla de barrio. Increíblemente cachondos y con una cara de follar como perros que no podían con ella.

Hubo un corte en la película y lo siguiente que se vio fue a Alfonso de rodillas en el suelo, mostrando su delgado y marcado torso y sobando los paquetes de los moros. Entonces les quitó los pantalones, primero a dos y luego al que quedaba, dejando al aire dos bultos bien marcados en unos slips y luego otro que llevaba unos bóxers amplios.

—¿Te ponen cachondo esos tipos, los moros? —preguntó mi hermano.

—Sí —susurré hechizado por la imagen de aquellos tres hombres de piel olivácea.

—Están buenos, ¿verdad? —insistió mi hermano.

—Claro —respondí como un autómata, casi sin prestarle atención. Mi polla se endurecía sin que pudiera evitarlo, muy a pesar de la presencia de Manu.

—¿Cuál te pone más? —Al oír esto me di cuenta de la batería de preguntar que me estaba soltando mi hermano.

—¿Por qué me preguntas esas cosas? —dije.

—No lo sé. Por curiosidad, supongo —se encogió de hombros—. Yo creo que el que es más tu tipo es el grandullón —puntualizó—. Además, tiene cara de ser una bestia follando, así que te dejaría bien satisfecho —sonrió.

—Eres un cabrón —salté—. Y sí, ese es el que más me pone de todos.

En ese momento ambos nos callamos pues Alfonso se disponía a liberar las pollas de los tres.

—¿Quién crees que la tendrá más larga? —me preguntó Manu, con la vista fija en la televisión.

—Creo que el delgado, el de en medio—respondí.

—¿Y el que la tiene más gorda?

—El grandón. El que es mi tipo.

Mi hermano soltó una enorme carcajada y me miró alucinado al ver que había acertado las dos preguntas.

—Eres un hijo de puta, hermanito —me dijo golpeándome con el puño en el brazo—. Te has tenido que comer muchas pollas para llegar a tener tanta ciencia sobre rabos.

—¡Pero no me hables así, que soy tu hermano! —me quejé. A pesar de que Manu y yo nos contábamos casi todo y teníamos mucha confianza no me acostumbraba aún a hablar en ese tono.

—¿Por qué no? Eres un come-rabos. Es un honor conocer a un come-rabos como tú —me sacó la lengua a modo de burla.

—Cállate, enano. O te mataré —le amenacé tontamente.

—¿La tienes dura? —me preguntó a bocajarro. Y lo cierto es que me pilló tan de improvisto que titubee antes de contestar.

—No. Claro que no.

—¿Ni siquiera un poco? —insistió.

—No, yo…

—Mira —me dijo. Y sin más cogió mi mano y la plantó en todo su paquete. El cabrón tenía allí un bultazo duro como la piedra. Levanté mi vista para mirarle a los ojos y me encontré con una amplísima sonrisa—. No he podido evitarlo. Me he puesto cachondo —declaró feliz.

—Ma… Ma… Manu… —tartamudee, después tragué saliva y sacudí la cabeza—. Yo… —en realidad yo no sabía qué decir. Un sudor frío perló mi frente y mi hermano finalmente liberó mi mano, pero fui incapaz de reaccionar y levantarla de su paquete—. ¿Te ha gustado tener la mano ahí o qué? —preguntó divertido.

En seguida retiré mi mano como si aquello que estaba tocando quemase. Continué mirando con ojos turbados a mi hermano.

—¿Por qué? ¿Por qué estás cachondo? —le pregunté.

—No tengo ni idea. Pero la película me ha calentado. Pensar que Alfonso va a chupar esas pollas —dijo.

—No… No… —tartamudee—. No quiero que seas gay —solté tontamente, con lo que a mi hermano le cambió la cara.

—¡No soy gay, gilipollas! —se defendió Manuel enfadado—. Sólo he dicho que me ponen cachondo las mamadas. El hecho de la mamada, no de que un tío le haga una mamada a otro tío me es indiferente.

—Pero… —fui a replicar, pues no entendía muy bien aquello. Pero no me dio tiempo. Mi hermano plantó una mano en mi entrepiernas para cerciorarse de que mi rabo estaba también duro, en seguida lo soltó y me habló lo más franco que pudo.

—Tú estás cachondo, yo estoy cachondo y nunca lo hemos hecho a pesar de ser los mejores amigos. Quiero hacerme una paja contigo delante, Luisfo —habló tranquila y pausadamente—. ¿Quieres?

Me dejó aún más frío.

—Yo creo… —No podía casi hablar, pues la voz se me iba. Entonces Manu apagó la tele, me miró y se desabrochó el pantalón y la cremallera.

  

 

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